- Hola, Bruce - le dije al chino-japonés- mira una cosa que te voy a decir, padre: esto no es el típico bar abierto a la salida del after, tú mentiendes lo que te digo, no, esto es un jodido quiruérfano donde mi hija va a ver la luz en breves instantes y, donde además, en el momento en el que se tercie ese bendito instante, es probable que todos los presentes deban arrodillarse, aturdidos y anudados ante tamaña exposición de belleza y magnificencia, ¿comprendes, muchacho?, como si se te presentara sin previo aviso Leo Messi a cenar un día, chato. Así que vamos a dejarnos de barra libre, trae los cafeses para acá, y vamos a poner ahí, en el coño de mi mujer, aunque suene mal la cosa, los seis sentidos, ¿estamos?.
- Disculpe - me contestó el chino-japonés, aturdido, mientras me bebía el primero de los cafeses que había traido -, pelo se dice "los cinco sentidos", no "los seis". Es que son cinco, sabe usted.
- Serán los que me salgan a mí de los cojones, Bruce.
- Me llamo Miko, señol, soy enfelmelo.
- Cojonudo.
Me bebí el "calajillo de lón" y el resto de cafeses. Cuatro en total. Carajillo de rón, carajillo de Baileys, trifásico de anís y carajillo de Veterano.
- Tranquilícese, caballero, todo va a salir bien - me dijo el que se había presentado como Doctor, poniéndome una mano en el hombro. La compadrona asentía, agachada delante del mojino de la Mariajo. Los becarios estaban apilados todos en una esquina. Se habían asustado un poco. Y los primos de Bruce Lee no paraban de sacar fotos, pero en plan gran angular, nunca primer plano (no lo hubiera permitido, ojo). "Empuja!!!", decía la compadrona, "Respira!!!", volvía a decir. "Ayude a su mujer, cójala de la mano".
- ¿Se puede de fumar?
- No, no se puede - me contestó amablemente.
- YA CORONA!!! - dijo la Popeye.
No va a coronar, pensé, si mi hija es princesa ya desde los preámbulos del kiki que eché para concebirla... Esta gente no se entera. Mariajo sudaba la gota gorda y me tenía cogida la mano. "APRIETA AHORA!!!!". Y yo apreté. "Me haces daño, cariño, la que tiene que apretar soy yo", me dijo mi cari. "Perdona, chocho". Los becarios se arremolinaban ante el bendito coño de la Mariajo. Parece mentira, pero en ese momento me sentí orgulloso pues contemplaban una obra arquitectónica sin parangón. Uno sacó un móvil y apuntó a al entrepierna de mi mujer. "Chaval, guarda eso que te corto los dedos". "Es para la tésis". "¿Cómo? Será depravado... Oye, mira, le dices a la Tésis esa que no hay fotos. Te curras un dibujito con un carboncillo y listos o te pego dos galletas aquí mismo, tú decides". Las dos enfermeras se afanaban en preparar una especie de cunita con rayos uva arriba. "YA ASOMA LA CABEZA!!!". Me asomé y vi una mata de pelo caracoleada, negra como el carbón, como si hubiera metido los deditos en un enchufe, la criaturita.
- Ha sacado el pelo de mi abuela, que en paz descanse. Rizado como la faraona - dije sacando pecho.
"EMPUJA, EMPUJA!!!"
Cuando asomó la cabeza vi que era muy morena. Mucho. Y me asusté. También lo era mi abuela pero..., no sé..., lo de mi abuela era más "agitanao" por así decirlo; más oliváceo, sabes.
- Oiga, señora compadrona, dese prisa, por el amor de Dios, que la niña está muy morada y se conoce que le falta el aire - me apresuré a decirle a la mujer de los partos con brazos de Popeye. Estaba asustado. Tenía los calzoncillos, a raiz de un efecto succión, metidos por el ojete hasta una profundidad considerable. Se me estaban quitando las arrugas de los ojos y todo. Goterones manga caían por mis sienes.
Se asomaron los becarios. Se asomaron las dos enfermeras. Se asomó el médico de guardia. Se asomó Miko Bruce Lee. Los dos japos con las NIKON. El enfermero que me había traido al quiruérfano. Y en última instancia, y para mi pasmo personal, el Tirilla, asomando la cabeza por la puerta. Estaba tumbado en una camilla.
- PACO!!! Sabía que era tu voz!!!
- Coño, ¿Tirilla, qué cojones haces aquí?
- Una indigestión, tío. La puta rolling familiar de anoche. Me duele la tripa cosa mala.
- ¿Fumaste mucho?
- Un poco. ¿Es tu hija?. Joder, qué mata de pelo negro... - se giró y le habló a alquien que había tras la puerta, el celador, quizá - Espérate un segundo, muchacho, que esto no me lo pierdo.
Vino otro "EMPUJA" y un "YA LA TENGO". Acto seguido se hizo un silencio sepulcral por parte de los presentes allí donde precisamente se chilla a la vida. La mujer aguantaba a mi hija, la cual hay que decirlo cumplía con el cometido habitual (berrear en señal de protesta por haberle expropiado su acogedor piset), por los tobillos mientras una de las enfermeras se acercaba con una toalla desinfectada (digo yo, ojo). Tenía un vozarrón de tres pares (mi hija, digo). ¿Como si se le hubiera roto la PS3? Pues algo así.
- Por Dios, mire usted, con todo el respeto del mundo, vale, que yo no soy precisamente de estudios médicos de alto standing como esto que nos traemos entre manos, usted mentiende lo que le digo, verdad, pero que digo yo que a ver si con unas palmadas más se descongestiona del todo, no, es que yo, a mis cortas luces, diría que está muy morada y me estoy asustando mucho, oiga - rogué a la mujer ante su pasividad.
- ¿Cómo se llama usted, caballero? - me dijo entonces la compadrona, ya con la criaturita en brazos.
- Paco. Paco Chumoski. Para servirla a usted y a la Vírgen del Carmen. Culé hasta las trancas, currante, honesto, responsable, y, si me dejan, también muy cariñoso. No he tenido mucha suerte en el amor, sabe usted, pero ahora soy el hombre más feliz del mundo, o casi, al menos hasta que mi niña vaya cogiendo su colorcito. Ande, dele una palmadita más a ver si llora un poco más fuerte y se desahoga del todo la chiquilla.
- Paco - me contestó la mujer. Mis rodillas eran como gelatina Royal - A la niña no le pasa nada.
- ¿No? ¿Está usted segura?
- Segura. A la niña no le ocurre nada.
Todos guardaban silencio. Solo se escuchaba el llanto de mi princesita. Hasta el Tirilla, que es un bocazas de la hostia, mantenía la los labios firmemente apretados. Se dibujaba una línea firme en su boca y su cara reflejaba de todo menos alegría. Parecía a punto de llorar.
- Pero.... - acerté a decir.
- La niña, Paco..., la niña no está morada... - me contestó muy despacito, con mucha dulzura-. No le falta el aire ni sufre ninguna incidencia a simple vista. Tiene buenos pulmones además, por lo que veo. Lo que ocurre es que la niña es así. Es de color.
- ¿De color? ¿De qué color?.
- Tirando a negro, Paco. La niña es negra.
Miré a la Mariajo. Estaba llorando.
- Solo fue una vez, Paco. Un desliz. Con el Mateo. Una vez, te lo juro. Sin querer. No me di cuenta. Fue una tontuna, te lo prometo.
Luego miré al Tirilla, que aún asomaba la cabeza por la puerta, algo incorporado ahora sobre la camilla. Con lágrimas cebolleras en los ojos se llevó dos dedos a la boca e hizo el gesto de "chitón" imitando el cierre de una cremallera en sus labios.
- Paco, esto queda entre nosotros, no te preocupes, nen - se dobló del dolor de tripa durante un instante - hay un amigo en mí, tío, ya lo sabes - en este punto el celador se lo llevó.
A las 07:40h. mi vecina la Rosario despertó con un fuerte dolor de cuello y las bragas de color carne humedecidas. En la tele reponían "The Dukes of Hazzard" a esas horas. La Teletienda cachonda acabó sin poder captar una nueva clienta pero Antonio Banderas ganó una amante anónima más. Mi amigo José Luís le dio un piquito cariñoso a su nuevo amor de barra y se despidió entre grandes promesas de afecto y atenciones. Pedrito "El Cascas" se dirigía al gimnasio, fresco como una rosa. Paco, el kiosquero, abonaba religiosamente la cuota establecida por los dos servicios acordados con Pamela, la megamulatona, aunque en realidad no pudo pasar del primero, y a duras penas. Y el Tirilla..., bueno..., el Tirilla estaba siendo sodomizado analmente por una sonda. Le estaban limpiando el estómago. Podía escuchar sus lamentos perfectamente. Todo el Hospital podía hacerlo, de hecho. Es por ello que los míos quedaron solapados y pasaron más desapercibidos.
FÍN.
lunes, 2 de agosto de 2010
miércoles, 7 de julio de 2010
Corazón fatigado. Cap.9. SE ME ROMPIÓ EL AMOR... (I)
A las 06:17h. de la mañana de aquel Sábado, 7 meses exactos después de la búsqueda de los pistachos iraníes, mi vecina Rosario hacía grandes méritos para despertar con un severo acceso de tortícolis aguda, dormida en su sofá como estaba, en una postura cervical inverosímil mientras un señor en la tele predicaba las fabulosas ventajas de un tremendo dildo eléctrico respecto de uno manual. Mi amigo Jose Luís, con unas copas de más, había decidido, por fín, dar "ese pequeño paso para el hombre, pero grande para la humanidad" y rodeó con su brazo la cintura de la señora entrada en carnes que le acompañaba, 18 años mayor que él, divorciada y con tres hijos de 17, 25 y 29 años, en un antro anónimo de Barcelona, al son de una de esas canciones veraniegas que tanto repiten por la radiofórmula. Paco, el kioskero, regateaba con una tremenda mulata llamada Pamela por los emolumentos finales a abonar por dos servicios carnales, delantero y trasero. La mulata le dijo que una vez conoció a un hombre del cual se enamoró locamente que se llamaba igual que él y que, desde entonces, moja las sábanas blancas todas las noches recordando lo bien que la trató. Pedrito "El Cascas", el del gimnasio, veía una reposición de "Street Fighter", con Raúl Juliá y Van Damme, mientras realizaba unas tandas de abdominales. Madrugar siempre fue su fuerte. El Tirilla estaba en un Opencor. Buscaba ENO, bicarbonato o cualquier remedio de esos granulados a disolver que le pudieran provocar un gran eructo (el Gran Kahuna, me diría más tarde) con tal de aliviar el malestar digestivo que sufría tras haberse comido la noche anterior una Rolling Pizza familiar él solito. Todo por culpa del ansia gastronómica que siempre le entra cada vez que fuma hachís. Como no había sales, se decidió por una Casera de litro y medio. Y yo estaba en un sala de espera de paredes alicatadas en verde y suelo de terrazo antiguo encerado, sentado en una silla de plástico blanco, en el Hospital del Vall d'Hebrón de Barcelona. Con mi camiseta del Barça puesta, mis pantalones del Barça y mis pantuflas nórdicas del Barça. No hubo tiempo para más. Hacía ya 5 minutos y 23 segundos que se habían llevado a la Mariajo para dentro. No se podía fumar, pero yo lo estaba haciendo. Caladas hondas entre manos sudorosas con el estómago vacío.
Se abrió la puerta de la salita de espera. Un chaval vestido de verde, con un gorrito verde y con una mascarilla blanca me habló en un tono jocoso.
- Apresúrese, caballero, si quiere campeonar, que la línea de meta está tras la siguiente curva. Venga conmigo.
- ¿Perdone, cómo dice?
- Que si quiere ver nacer a su hijo, caballero.
- Es una hija.
- Ah, vale, una hija, está bien. ¿Pero quiere verlo o no?.
- ¿Es que lo van a dar por la tele? - le contesté de nuevo, esta vez con los ojos como platos. Él hizo un gesto raro con las cejas.
- Ah.., ya veo..., es usted aprensivo.
- Bueno - le dije-, procuro escuchar a la gente y tratar de entenderla siempre que puedo. Pero dígame, por favor, ¿cómo está mi novia?.
A las 06:20h. el de la Teletienda cachonda le mostraba a la Rosario tras la pantalla del televisor, resuelto y no falto de convicción, un precioso juego de bolas chinas, pero mi vecina, que en ese momento atendía embelesada a lo que Antonio Banderas le susurraba al oido ("tráeme unos cubitos de hielo, Rosarito, porque me voy a preparar un cubata con el sudor de tu sexo"), no estaba por la labor. Mi amigo José Luís, aprovechando la escasa iluminación del local adelantó camino, dejó atrás la cintura de la señora y decidió probar suerte, no exento de cierta dificultad, en los misterios insondables bajo su refajo. Paco, el del kiosko, sudaba a mares en una pequeña habitación sin aire acondicionado en el piso de arriba de un puticlub de mala muerte mientras la enorme mulatona le daba ánimos y aliento para acabar la faena. No había cenado lo suficiente para coronar semejante cima y bordeaba la lipotimia. Pedrito "El Cascas" acabó su última tanda de 100 abdominales. Realizó 2.000 en total. Acto seguido se masturbó cuatro veces seguidas con la portada de la revista Hola de su madre. El Tirilla, tras beberse en cuatro largos tragos la Casera de litro y medio, empezó a sentirse peor y ahora, arrodillado en la acera, con las manos sujetándose la boca del estómago, esperaba la llegada de una ambulancia. Un Guardia Urbano le preguntaba si había consumido drogas.
Una vez que le juré al enfermero que yo era un fan del gore, las tripas y los callos con garbanzos, me acompañó raudo por un pasillo hasta llegar a las puertas del quirófano donde estaba mi novia a punto de parir. Lo primero que vi cuando se abrieron, totalmente de cara, fue el coño de la Mariajo en todo su esplendor a menos de 2 metros de distancia.
- Hombre!!! Si es el padre!!! Pasa, artista, pasa, que esto va a empezar - dijo una señora regordeta vestida de blanco con los antebrazos como Popeye que no quitaba ojo al potorro de mi novia.
Había otro enfermero más. Y dos enfermeras. Y la mujer regordeta era la compadrona. Y un señor que dijo ser el médico de guardia. Y luego un grupo de chavalines con bata blanca que me dijeron "hola, buenos días" y que resultaron ser becarios. Y por último un grupúsculo de japoneses que no perdían detalle, todos ellos con carísimas cámaras de fotos en sus manos.
- Oiga - le dije a la compadrona-, ¿y los primos de Bruce Lee qué hacen aquí?. A ver si es que, no teniendo suficiente con enseñarle el coño de mi novia a media Barcelona, encima lo vamos a exportar al extranjero. Vamos, por favor.
- Hola, cari!!! - me dijo la Mariajo.
- Hola, chochi. Tápate un poco, anda reina, haz el favor - le respondí emocionado, volviendo la vista de nuevo a la mujer regordeta.
- No te preocupes, artista - me respondió la sobrina de Popeye-, son unos primos de Miko Mision. Acaban de llegar del Prat y les ha dicho que se vinieran aquí hasta que acabe la guardia.
- ¿Y quién coño es Miko Mision?
En ese momento se abrieron de nuevo las puertas del quirófano y entró otro japonés, pero este también vestido de verde, con sus zuecos blancos, aguantando en cada mano no menos de tres cafeses.
- A ver... ¿pa quién ela el calajillo de lón?.
TO BE CONTINUED.
Se abrió la puerta de la salita de espera. Un chaval vestido de verde, con un gorrito verde y con una mascarilla blanca me habló en un tono jocoso.
- Apresúrese, caballero, si quiere campeonar, que la línea de meta está tras la siguiente curva. Venga conmigo.
- ¿Perdone, cómo dice?
- Que si quiere ver nacer a su hijo, caballero.
- Es una hija.
- Ah, vale, una hija, está bien. ¿Pero quiere verlo o no?.
- ¿Es que lo van a dar por la tele? - le contesté de nuevo, esta vez con los ojos como platos. Él hizo un gesto raro con las cejas.
- Ah.., ya veo..., es usted aprensivo.
- Bueno - le dije-, procuro escuchar a la gente y tratar de entenderla siempre que puedo. Pero dígame, por favor, ¿cómo está mi novia?.
A las 06:20h. el de la Teletienda cachonda le mostraba a la Rosario tras la pantalla del televisor, resuelto y no falto de convicción, un precioso juego de bolas chinas, pero mi vecina, que en ese momento atendía embelesada a lo que Antonio Banderas le susurraba al oido ("tráeme unos cubitos de hielo, Rosarito, porque me voy a preparar un cubata con el sudor de tu sexo"), no estaba por la labor. Mi amigo José Luís, aprovechando la escasa iluminación del local adelantó camino, dejó atrás la cintura de la señora y decidió probar suerte, no exento de cierta dificultad, en los misterios insondables bajo su refajo. Paco, el del kiosko, sudaba a mares en una pequeña habitación sin aire acondicionado en el piso de arriba de un puticlub de mala muerte mientras la enorme mulatona le daba ánimos y aliento para acabar la faena. No había cenado lo suficiente para coronar semejante cima y bordeaba la lipotimia. Pedrito "El Cascas" acabó su última tanda de 100 abdominales. Realizó 2.000 en total. Acto seguido se masturbó cuatro veces seguidas con la portada de la revista Hola de su madre. El Tirilla, tras beberse en cuatro largos tragos la Casera de litro y medio, empezó a sentirse peor y ahora, arrodillado en la acera, con las manos sujetándose la boca del estómago, esperaba la llegada de una ambulancia. Un Guardia Urbano le preguntaba si había consumido drogas.
Una vez que le juré al enfermero que yo era un fan del gore, las tripas y los callos con garbanzos, me acompañó raudo por un pasillo hasta llegar a las puertas del quirófano donde estaba mi novia a punto de parir. Lo primero que vi cuando se abrieron, totalmente de cara, fue el coño de la Mariajo en todo su esplendor a menos de 2 metros de distancia.
- Hombre!!! Si es el padre!!! Pasa, artista, pasa, que esto va a empezar - dijo una señora regordeta vestida de blanco con los antebrazos como Popeye que no quitaba ojo al potorro de mi novia.
Había otro enfermero más. Y dos enfermeras. Y la mujer regordeta era la compadrona. Y un señor que dijo ser el médico de guardia. Y luego un grupo de chavalines con bata blanca que me dijeron "hola, buenos días" y que resultaron ser becarios. Y por último un grupúsculo de japoneses que no perdían detalle, todos ellos con carísimas cámaras de fotos en sus manos.
- Oiga - le dije a la compadrona-, ¿y los primos de Bruce Lee qué hacen aquí?. A ver si es que, no teniendo suficiente con enseñarle el coño de mi novia a media Barcelona, encima lo vamos a exportar al extranjero. Vamos, por favor.
- Hola, cari!!! - me dijo la Mariajo.
- Hola, chochi. Tápate un poco, anda reina, haz el favor - le respondí emocionado, volviendo la vista de nuevo a la mujer regordeta.
- No te preocupes, artista - me respondió la sobrina de Popeye-, son unos primos de Miko Mision. Acaban de llegar del Prat y les ha dicho que se vinieran aquí hasta que acabe la guardia.
- ¿Y quién coño es Miko Mision?
En ese momento se abrieron de nuevo las puertas del quirófano y entró otro japonés, pero este también vestido de verde, con sus zuecos blancos, aguantando en cada mano no menos de tres cafeses.
- A ver... ¿pa quién ela el calajillo de lón?.
TO BE CONTINUED.
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