Los vecinos, inicialmente, pensaban que me había tocado una Primitiva o que me habrían seleccionado para ir de público al "Sálvame de Luxe". La Rosario sabía en realidad cual era el motivo. Se alegró mucho por mí.
- Chumoski, no sabes cuánto me alegro por tí. De verdad.
- Gracias Rosario. Y tú sabes que siempre me tienes ahí para lo que quieras, eh.
- ¿Para todo? – me dijo con una mueca de pesambre.
- Mujer, para todo para todo, ahora va a ser que no, porque tú sabes que soy hombre fiel que se viste por los pieses.
Eran los días más felices de mi vida. Mariajo trabajaba en el Carreful y tenía a cargo en el almacén a un grupo de negros del Mozandique. Todos la querían mucho porque era muy buena trabajadora y muy cariñosa. Aceptó venirse a vivir conmigo y convirtió mi vida en un paraiso permanente. Me hacía huevos con beicon los Sábados por la mañana y callos con garbanzos los Domingos, ensaladilla rusa sin judías verdes y, encima, como yo, era una apasionada del gazpacho (100% natural y con tropezones y picatostes) y de la crema catalana; también de las papas fritas con all i oli. Vírgen del Cármen, ¿acaso merezco tanta suerte?. Yo por mi parte jamás dejé unos gallumbos o unos calcetines usados abandonados en algún rincón de la casa, y es que les enseñé el camino hacia la lavadora (fui muy estricto en este punto y no acepté “caritas”). Si ya de por sí siempre me he apañado muy bien solito, ahora, entre los dos todo era mucho más fácil. Más fácil y más placentero, pues nunca faltaban los tocamientos. Nos amábamos a todas horas. Allá dónde nos encontráramos, como nos diera el apretón, ya se liaba el asunto; en los probadores del Corte Inglés, en los lavabos de un Bar, en la última fila del cine, en los asientos de atrás del autobús, en el rellano de la escalera, en la sección de frutería del Condis, en fín, cosas de enamorados. Qué maravilla de hembra. Recuerdo en una ocasión que la chiquilla puso tanto empeño que al día siguiente me dolian las rodillas; rechinaban como cuando los cojinetes se quedan sin aceite. Me dijo el especialista de los huesos que comiera mucha pasta y muchos hidratos de carbono. Y es que la Mariajo era tremenda. Además, como siempre iba sin bragas (que esa es otra) y yo siempre estaba dispuesto pues nos entendíamos muy bien. Nunca se las ponía porque decía que le molestaban y que le gustaba ir con el negocio suelto. Al final le copié la idea, pero por pocos días porque cuando me rozaba con los tejanos en seguida se me ponía morcillona y se notaba mucho. Estábamos hechos el uno para el otro menos en lo de la ropa interior, por lo visto, pero a mí me daba igual. Mi amor hacia ella era puro y sincero y cada vez que veía ese potorrín mohicano el mundo como tal desaparecía a mi alrededor. Era como una escena de esas de película en las que los efectos especiales te cambian el decorado en tiempo real, vale. La cubría a todas horas. Siempre que teníamos ocasión. Mañana, tarde, noche, bodas, bautizos y comuniones. Mi voluntad estaba a su merced. Mi vida entera. De sus ojos, de sus caderas, de sus migas con torreznos, de su raja de canela.
Le regalé flores por Primavera. Le compré el DVD original de "Pasión de Gavilanes" por su cumpleaños. La llevé a la playa de Badalona. A comernos un arrocito a Castellón (que tuvimos que parar en el camino, en el párking de un área de servicio, porque las necesidades sexuales del cuerpo humano son así; además que mejor eso que no estrellarnos y que con el golpe me pegue un mordisco mal dado y me quede con una salchichita de esas de canapé). Fuimos al Tibidabo. Qué gracioso el hotel ese del terror. Nos apartamos del pasillo y de la gente (que estaba toda acojonada) y, aprovechando la coyuntura, quisimos arrejuntar los aparatos. La niña del exorcista que se queda con la copla y que dice que se apunta. Pero vamos a ver, dónde vas con esa cara y esas trazas. Que no, que es maquillaje. Anda, va, tira a asustar a la gente que me vas a quitar el calentón, haz el favor. Que no, que no, que tengo 10 minutos, que me apunto. Que tires, coño, que haces cara de gastroenteritis. Menuda risera, sabes. Y la cosa es que tampoco vi que la Mariajo hiciera ascos, eh. Si es que ya te digo yo que era una fenómena. No podía considerarme más dichoso. Era imposible. Era como el gol de Koeman en Wembley pero multiplicado por el tipo de interés fijo del Banco Santander.
Un día fuimos a comprar al Eroski.
Estaba yo barruntando qué envasado de chorizo echar a la cesta, si el imperial de Revilla o uno picante de pueblo, sin marca. Estaba a punto de decidirme por este último, porque el de Revilla tenía demasiados pegotes de grasa y el otro más carne, cuando me dijo, sin más:
- Cari, hace dos semanas que tendría que haberme bajado el tomate.
Me giré con los dos envasados al vacío de chorizo, uno en cada mano, y le contesté, absorto en mis pensamientos gastronómicos:
- ¿Tomate? Cual tomate, ¿Orlando o Apis?
TO BE CONTINUED.
lunes, 10 de mayo de 2010
Corazón fatigado. Cap. 3. REENCUENTRO.
Era ella. Lo supe incluso antes de meterme el cubito de hielo en la boca (una costumbre que tengo). Le vi la raya de los ojos a la altura de sus preciosas orejas antes que el resto de su bendito rostro. Reconocí esa raya. La reconocería entre miles y miles de maquillajes Margaret Astor. Y luego esos aros julajops a modo de pendientes. Y sus labios (los de la boca, digo). Sus ojos azules, hipnóticos, con esas pestañas como abanicos. SU COLA DE CABALLO. Miré al cielo, reconvertido en aquel momento en un techo masivamente decorado con focos de luz y paneles luminosos, y di las gracias, en silencio, a la Vírgen del Carmen. Acto seguido, volví a dedicarle toda mi atención; mi vida entera. Llevaba unas mallas negras muy ajustadas y una camiseta escotada hasta límites más allá de la dimensión desconocida. Sonreía. Me sonreía, a mí. Solo a mí. Y yo, con la mirada perdida en las profundidades de su canalillo, temblaba como un corderito. Temblaba de amor. Pasaban los segundos y no era capaz de articular palabra. Eso no era un canalillo, era el Canal de Suez, el Estrecho de Gibraltar separando dos continentes. Cuando quise hacerlo olvidé que tenía el cubito de hielo en la boca y le escupí un poco en la pechera. Ella dio un respingo y yo le pedí disculpas. De nuevo gotas frías volvieron a caer en sus pechos, con su correspondiente respingo por el cambio brusco de temperatura. Maldiciendo mi estupidez giré la cabeza y finalmente escupí el cubito sin pensar.
- Digo que..., que..., que disculpa - con el ademán tiré el vaso de tubo en la barra. Gracias a Dios ya estaba vacío. Los cubitos restantes se desparramaron sin ton ni son a lo largo de la misma.
- Eres el de la Isla Fantasía, ¿verdad?.
Ay, que se acuerda, ay, ay, ay, ay...
- Soy quién tu quieres que sea, reina mora, divina entre las divinas, corazón mío. Soy tu siervo, tu vasallo, tu mueble del Ikea más preciado, tu sartén favorita para las tortillas, esa que nunca se pega. Soy el sol por tu ventana, tu día de playa perfecto, tu mejor bikini, el cuscurro de la barra de pan, soy tu rebanada de Nocilla, tu trago frío de Coca-cola después de media bolsa de pipas saladas...
Soltó una carcajada que me hizo sentir indeciso y voluble. Se estaba riendo de mí. Eres un torpe, Chumoski. Eres tonto.
- ¿Todo eso eres? - me dijo con una dulzura que casi me provoca diabetes.
Una gran mano, fuerte y poderosa me sacó del aturdimiento. Me giré. Un monstruo calvo y enorme me mostraba en la otra mano un cubito de hielo.
- Perdone, caballero. ¿Esto es suyo?
En mi desconcierto acudí a ella para excusarme por la interrupción del gran Pablito pero ya no estaba. Solo quedaba su fragancia en el aire. Oh, no. Por favor, no.
- Le digo si esto es suyo.
- Eeeeemmm...., sí, bueno, no... - le dije reculando.
- Me has escupido el cubito de hielo en la cabeza.
- Y yo que lo siento mucho. Me parta un rayo si miento.
- ¿Quieres tragártelo? - el tío insistía. Una quinqui detrás suyo asistía a la escena con cara de orgullo, pero no le di tiempo para ver los créditos finales.
Con una rapidez inusual y una agilidad de movimientos producto de largos entrenamientos en Jeet Kune Do, me zafé de su manaza y, aprovechando que los focos se apagaron para dar paso a los minutos de música lenta, me escabullí hacia la pista de baile y me perdí entre las parejas que se daban un descanso rítmico y aprovechaban la ocasión para frotarse un poco y besarse y eso entre pausadas y romántica melodías.
En la otra punta de la pista, Merche, el ser primigenio, asomaba el cuello. Me buscaba. Estaba atrapado. El calvo también entró en la pista. Finalmente me vio detrás de dos tortolitos que se estaban metiendo mano y, justo cuando iba a darme alcance unas manos suaves me rodearon, me giraron y se enlazaron en mi cuello con ternura.
- Hola, campeón. ¿Bailas?.
El calvo al final, gracias a Dios, al verme en brazos de esa diosa, decidió por el motivo que sea olvidar el agravio. Por lo visto, en el fondo tenía buen corazón. La cogí por la cintura sin apartar la vista de sus ojos. Junco cantaba "hola, mi amor".
- ¿Por qué te fuiste?
- Me estaba haciendo pipi.
Su forma de pronunciar "pipi" fue la espoleta necesaria. La besé y se dejó besar. Primero tímidamente. Al minuto nuestros hocicos eran una vorágine carnal incontrolable y mi erección un grito al amor. Nuestras lenguas, un lazo doble como el que se hace cuando los cordones de las bambas son demasiado largos. Sus pechos, de punta. Mis manos, en su culo.
Aquella noche volvió a caerme una lágrima furtiva. Pero esta vez, de felicidad. Gracias a la penumbra de la pista de baile, en esos momentos, de nuevo nadie reparó en ello. Nadie salvo ella.
- ¿Por qué lloras?
- Me aprietan mucho los tejanos.
Me echó mano al paquete y me susurró al oido:
- Eso tiene solución.
Se llamaba María José. Pero según ella todo el mundo le decía Mariajo.
Cuando Merche me localizó y se vino directa a por "su hombre", le paró los pies con un "dónde crees que vas, zorra". El ser primigenio, sorprendida por la brusquedad inesperada, frenó, congestionó su cara, dio media vuelta y nunca más la volví a ver.
Además era una hembra de carácter. No podía pedir más.
TO BE CONTINUED.
- Digo que..., que..., que disculpa - con el ademán tiré el vaso de tubo en la barra. Gracias a Dios ya estaba vacío. Los cubitos restantes se desparramaron sin ton ni son a lo largo de la misma.
- Eres el de la Isla Fantasía, ¿verdad?.
Ay, que se acuerda, ay, ay, ay, ay...
- Soy quién tu quieres que sea, reina mora, divina entre las divinas, corazón mío. Soy tu siervo, tu vasallo, tu mueble del Ikea más preciado, tu sartén favorita para las tortillas, esa que nunca se pega. Soy el sol por tu ventana, tu día de playa perfecto, tu mejor bikini, el cuscurro de la barra de pan, soy tu rebanada de Nocilla, tu trago frío de Coca-cola después de media bolsa de pipas saladas...
Soltó una carcajada que me hizo sentir indeciso y voluble. Se estaba riendo de mí. Eres un torpe, Chumoski. Eres tonto.
- ¿Todo eso eres? - me dijo con una dulzura que casi me provoca diabetes.
Una gran mano, fuerte y poderosa me sacó del aturdimiento. Me giré. Un monstruo calvo y enorme me mostraba en la otra mano un cubito de hielo.
- Perdone, caballero. ¿Esto es suyo?
En mi desconcierto acudí a ella para excusarme por la interrupción del gran Pablito pero ya no estaba. Solo quedaba su fragancia en el aire. Oh, no. Por favor, no.
- Le digo si esto es suyo.
- Eeeeemmm...., sí, bueno, no... - le dije reculando.
- Me has escupido el cubito de hielo en la cabeza.
- Y yo que lo siento mucho. Me parta un rayo si miento.
- ¿Quieres tragártelo? - el tío insistía. Una quinqui detrás suyo asistía a la escena con cara de orgullo, pero no le di tiempo para ver los créditos finales.
Con una rapidez inusual y una agilidad de movimientos producto de largos entrenamientos en Jeet Kune Do, me zafé de su manaza y, aprovechando que los focos se apagaron para dar paso a los minutos de música lenta, me escabullí hacia la pista de baile y me perdí entre las parejas que se daban un descanso rítmico y aprovechaban la ocasión para frotarse un poco y besarse y eso entre pausadas y romántica melodías.
En la otra punta de la pista, Merche, el ser primigenio, asomaba el cuello. Me buscaba. Estaba atrapado. El calvo también entró en la pista. Finalmente me vio detrás de dos tortolitos que se estaban metiendo mano y, justo cuando iba a darme alcance unas manos suaves me rodearon, me giraron y se enlazaron en mi cuello con ternura.
- Hola, campeón. ¿Bailas?.
El calvo al final, gracias a Dios, al verme en brazos de esa diosa, decidió por el motivo que sea olvidar el agravio. Por lo visto, en el fondo tenía buen corazón. La cogí por la cintura sin apartar la vista de sus ojos. Junco cantaba "hola, mi amor".
- ¿Por qué te fuiste?
- Me estaba haciendo pipi.
Su forma de pronunciar "pipi" fue la espoleta necesaria. La besé y se dejó besar. Primero tímidamente. Al minuto nuestros hocicos eran una vorágine carnal incontrolable y mi erección un grito al amor. Nuestras lenguas, un lazo doble como el que se hace cuando los cordones de las bambas son demasiado largos. Sus pechos, de punta. Mis manos, en su culo.
Aquella noche volvió a caerme una lágrima furtiva. Pero esta vez, de felicidad. Gracias a la penumbra de la pista de baile, en esos momentos, de nuevo nadie reparó en ello. Nadie salvo ella.
- ¿Por qué lloras?
- Me aprietan mucho los tejanos.
Me echó mano al paquete y me susurró al oido:
- Eso tiene solución.
Se llamaba María José. Pero según ella todo el mundo le decía Mariajo.
Cuando Merche me localizó y se vino directa a por "su hombre", le paró los pies con un "dónde crees que vas, zorra". El ser primigenio, sorprendida por la brusquedad inesperada, frenó, congestionó su cara, dio media vuelta y nunca más la volví a ver.
Además era una hembra de carácter. No podía pedir más.
TO BE CONTINUED.
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