Blogoteca 20 Minutos

lunes, 9 de septiembre de 2013

THE MAXILOFACIAL HISTORY. Last Chapter.

(viene de THE MAXILOFACIAL HISTORY. Cap. 2)

- Enfermera, ese negro muy negro tiene un caso severo de almorranas.
- ¿Qué negro?
- Este - le dije descorriendo la cortinilla que nos separaba -. Mire y verá cómo le asoma el pellejo de una. Ocurre que no sabe expresarse muy bien y por eso yo la informo de lo poco que he entendido.

El negro muy negro en seguida recuperó su posición original en su camastro y me dedicó una mirada de indignación. La Enfermera Boss obvió mi comentario, giró a ras derecha curva cerrada la silla mecánica en el corto espacio entre mi camilla y el pasillito del Box, y me llevó hacia la Sala de Torturas con la vía intravenosa dando coletazos. Los ecos de indignación del negro resonaban por los pasillos encerados en verde. "MENTIRA!! MENTIRA!!". La enfermera abrió una puerta doble de una patada, le dió otra a la silla a mi espalda, y me hizo entrar solo al quirófano. Acto seguido las puertas se cerraron tras de mí con un estruendo.

- Buenos días, eeemmm... Chumos... Chumin...
- Chumoski.
- Chumoski, eso es. ¿Qué tal? Subíte a esta camilla. Tené cuidado con los focos.

Dentro del quirófano habitaban dos muchachos con aspecto de cirujanos de HOSTEL. A juego con el suelo encerado. Uno de ellos era el que me hablaba. Había también una enfermera que se parecía a Mario Vaquerizo (hay que ver las cosas que a uno se le ocurren en los momentos más insospechados). Y un señor con pinta de doctor. Este último iba de blanco y no llevaba mascarilla.

- ¿Puedo ir al lavabo?
- No. Tumbáte, por favor. Y relajación, ¿si?.
- Se lo suplico.
- Tumbáte ya, boludo.

La enfermera Vaquerizo atrancó la puerta con una vara de hierro y se plantó delante de ella con actitud desafiante. El doctor de blanco me dedicó una mirada de consternación mientras apuraba su café o lo que mierda se estuviera bebiendo. Negaba lentamente con la cabeza. Los dos cirujanos psicópatas me esperaban. No había escapatoria. Así que me tumbé y me puse cómodo. O lo más cómodo posible, mejor dicho, estirado ahí encima como una tabla de surf, con la base de la cabeza y los talones como únicos puntos de apoyo.

- Abrís la boca y relajación, Chuminski.
- Chumoski.
- Abre más.
- ¿.....?
- Más.

Acto seguido me vendaron la cabeza para que no viera nada. ¿Y si me meten una polla estos hijos de puta? O dos. No puede ser. Me dolía la quijada. Podrían meterme una sandía si quisieran. Podrían meter la cabeza entera y hacer eco-eco en mi laringe. Era un acto de fe. Exactamente igual que lo que uno espera cuando paga 10 euros por ver en el cine la nueva versión de Supermán. No tuve tiempo para más. La acción comenzó de modo imprevisto. Uno, dos, tres, cuatro.... siete, ocho... diez, once... Y hasta 13 pinchazos de anestesia. Levanté una mano.

- Dime.
- Perdone usted - le dije con la cabeza vendada -  Pero aquí tenemos un problema.
- ¿Qué pasó, pibe?
- Que creo que le faltan un par de pinchazos todavía.
- ¿Dónde? ¿Te duele acá si te toco?
- En la punta de su polla, creo.
- Oh, vamos. Tú eres un tipo aguerrido, ¿no?
- Yo me voy de aquí.
- Que no, Chuminoski, que no. Que esto serán unos minutos. Hacéme caso.

La enfermera no iba a dejarme salir de todos modos. Así que me acogí a los designios de Crom y me dejé hacer. No fueron "unos minutos".

A los 10 minutos me dolian las vertebras nucales de los tirones. A los 20 minutos de combinación de tirones y hurgamiento intensivo pararon y me preguntaron cómo estaba. "E UTA ADRE. T'OY E UTA ADRE. U UERTO A-BRON OUTA". A los 30 minutos volvieron a parar.

- Descansa un poco, Churroski.
- U OSKI
- Podés hablar. No te pusimos nada para mantener la boca abierta.
- ¿Cuánto queda?
- Estamos al 50%. Ya falta poco.
- Mi número secreto de la tarjeta es el XXXX (obvio los números reales). Por favor. Os daré todo el dinero que tengo. No es mucho pero con él podeis compraros unos billetes para la Pampa e iros a tomar por el puto culo. Tengo família. Por favor. Dejadme salir de aquí. No le diré nada a nadie.
- Abrí la boca, por favor - dijo el cirujano de mi izquierda. Era un trabajo a cuatro manos. Mi boca no daba más de sí. Hay que ver qué gran trabajo, entendí entonces, hacen esas gloriosas actrices de películas por...

..... me pincharon tres veces más y siguieron excavando. Socavando. Perforando. A cuatro manos, insisto. Quién sabe qué ocultos secretos podrían encontrarse en mis raices molares y más allá. ¿Un mosquito fosilizado en ámbar? ¿Un resto petrificado de mis primeras judías verdes trituradas de cuando tenía pelo? A los 40 minutos volvieron a parar. Yo estaba bañado en sudor. Tieso como si me hubiera hipnotizado Anthony Blake.

- ¿Viste, boludo? - le dijo al cirujano compañero - La concha la muela. Está anquilosada. Traéme el motor!!

Fueron los peores momentos. No sé que me introdujo en la boca. Era como una Puch Cóndor de mano. Una Montesa enrrabietada. Un artilugio infernal que profundizó hasta simas insondables. Creí por momentos que me atravesaría la mandíbula. Cinco minutos después dijo: "Se acabó. Ahora los puntos. No te muevas". Cogió hilo de pescar (lo parecía), aguja, y al lío. Noté claramente las puntadas.

- Ya podés levantarte, campeón. Metéte la gasa y apretá.
- ¿Uedo ime a asa?
- Claaaro, boludo.
- ¿Oi ibre?
- Claaaro.

Pensé que sería el momento en el que me apuñalarían por la espalda con el bisturí y me abrirían en canal para sacarme la columna como un látigo. Pero no. Me dejaron marchar. En la silla mecánica. La enfermera Vaquerizo quitó la vara de hierro y me empujó por los pasillos. El Doctor de blanco me hizo la señal de la victoria. Por el camino me crucé con el negro muy negro, también en su silla mecánica. Atado de pies y manos era empujado por un celador con un parche en un ojo y barba de 54 días. Muy parecido a Luís Tosar, pero con coleta. Es decir: calvo, pero con coleta.

- PAISA!! PAISA!! AMIGOS!!! DÍCESESELO!!!

Mi mujer me esperaba en el Box.

- ¿Cómo estás?
- IOS E UTA!!!
- Ya está. Ya pasó.
- AONES!!! ERÍAN AARME!!!

Una enfermera bajita y maciza, parecida a una mariscadora gallega, se plantó delante de mí y, sin venir a cuento, de repente, miró a la claraboya del techo...

- Joder... ¿ese no es Spiderman?

Miré hacia arriba, y ella, con un movimiento preciso de Jeet Kun Do (me contó luego mi mujer), me sacó la vía intravenosa.

- E AGO 'N A UTA!!! - me giré rápidamente. Pero ya salía por la puerta del Box. Guiñándome un ojo.

Estuve dos semanas comiendo con pajita. Me refiero a las cañitas. Las de sorber granizado. Dos semanas de dolores, sufrimiento sin parangón y sobredosis de Nolotiles. Perdí varios kilos. Pero gané autoestima. Si, amigos. Pruebas como esta endurecen. Te hacen fuerte. Te curten, maldita sea!!

Y todo ello con la dignidad intacta.

Lástima de Rolex del negro muy negro. Era una imitación magnífica.


3 comentarios:

KETCHUP dijo...

Una historia horrorosa.Lo he pasado mal en las escenas con descripción gráfica.Me he mareado....pero del descojone.BRILLANTE,COMO SIEMPRE.

PACO CHUMOSKI dijo...

Muchas gracias, amigo Ketchup. Tu apoyo me hará un ser eléctrico. Gracias por perder unos minutos con esta lectura Serie Z. Marcial LaFuente Estefanía estaría orgulloso!!!

Anónimo dijo...

Vaya... como en "Bienvenidos" de Miguel Ríos: "vuestro impulso nos hará seres eléctricos" :)

Buena historia y genial descripción, como siempre. ¡Sigues siendo un crack!

Sugiero próximo tema: "Chuminoski de va de caza" (de féminas, se entiende). Me muero por leer otra de tus historias :)

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